Por amoldarme, últimamente me amoldo hasta al tono de la guitarra, hace ya tiempo que no uso la cejilla ni la echaba de menos.
Pero hoy me he levantado poco conformista y la he buscado por todos los rincones, cajas y huecos de mi cuarto, que no son pocos porque está diseñado al más puro estilo de las pirámides para no ser perpetrado.
Como siempre que busco algo que creo necesitar, no lo he encontrado pero a cambio, siempre descubro algo sorprendente.
Dentro de uno de los cajones de la cajonera había una caja, y dentro de la caja había otra pequeña sin tapadera. A pesar de su tamaño, había alguna posibilidad de que dentro se encontrara la cejilla (aunque para ello tendría que haber encogido un par de centímetros). Así que miré, y efectivamente no hubiera cabido dentro, pero había algo mejor; ahí estaba el tan misterioso cementerio de horquillas.
Hace mucho tiempo que dejo el rastro de mis horquillas por donde duermo; a veces se quedan entre las sábanas o en las mesitas de noche por descuido, otras muchas las dejo queriendo como quien escribe su nombre en un baño público.
Pero han pasado por mi cabeza muchas más horquillas que lugares he visitado o que sueños que he tenido fuera de mi cuarto. Ahí estaban todas, de todo tipo, tamaños, colores y épocas de mi vida; naranjas, decoradas, de clip, de moño, de pinza...
No sólo he encontrado un tesoro de esos que se guardan en cajas redondas y vacías de pastas mantecosas inglesas sino que además me ha dado esperanza, porque quizá un día encuentre en algún lugar de mi habitación el cementerio de mecheros, o el de las gomas de borrar y los sacapuntas.

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